Actualizado: 4 Octubre, 2016 12:50

En vano se echa la red ante los ojos de los que tienen alas.

Gabriela Mistral

En la medida en que el sufrimiento de los niños está permitido, no existe amor verdadero en este mundo.

Isadora Duncan

MUJER Y CHICOS

 

 


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VIOLENCIA CONTRA LOS NIÑAS Y LA MUJER

LA PROMISCUIDAD, LA POBREZA Y EL ABUSO SON MONEDA CORRIENTE

Producción periodística de Haydeé Dessal especial para Latitud Periódico

27 de abril del 2011

En una villa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, una pequeña niña es abusada por su padre, padrastro o algún tío, ante la mirada indiferente de su madre.
El producto de esa violación será un niño no deseado… una realidad incontrastable que pintó la Senadora por La Rioja, Teresita Quintela, en el Senado de la Nación.


Palabras de Teresita Quintela, senadora de La Rioja, cuando se trató el tema en el senado de Argentina:

"Tratemos de analizar un ejemplo cercano, ya que, si bien he visto cosas aberrantes en mi provincia, tal vez resulten un poco lejanas como para entenderlas de un modo cabal.

Una niña que vive en alguna villa de esta ciudad, en condiciones de promiscuidad y pobreza, es abusada por su padre, su padrastro o su tío, ante la mirada indiferente de su madre.

El bebé no deseado producto de esa violación padecerá hambre y violencia desde antes de nacer.

A los pocos años, el niño saldrá a la calle, apurado por satisfacer sus necesidades humanas básicas de alimento, compañía de sus pares, zapatillas o abrigo, y se encontrará cara a cara con las drogas, la delincuencia, la prostitución, la trata de personas y con diversas formas modernas de esclavitud.

Este niño no concurrirá a la escuela, o desertará de ella prontamente, porque la escuela argentina lo excluirá, dado que no está preparada para contener afectivamente, ni enseñar oficios, ni impartir contenidos funcionales a la realidad de los niños en condición de riesgo que habitan las ciudades de hoy.

La que sí se encargará de él es la televisión, omnipresente en cada villa, en cada asentamiento, por pobre que sea.

Y allí aprenderá que todo el rencor, la perversión, el resentimiento, la crueldad, la estupidez y la banalidad que podamos imaginar, son nada comparados con los modelos que ofrecen esas oscuras usinas ideológicas que nos atontan con aberraciones para que consumamos más y más publicidad.

Así que nuestro niño no será un escolar.

Ya no aprenderá la historia del renacimiento europeo, pero sí a manejar armas, a robar, a consumir drogas, a venderse por sexo o lo que sea.

Todo eso se lo enseñarán adultos, en la calle o por televisión, en las series o en los noticieros, que se regodean en este tipo de enseñanza gratuita.

Tendrá suerte si los adultos no lo usan de mula, y le llenan las entrañas con cápsulas de drogas para atravesar alguna frontera.

Tendrá suerte si los adultos no lo secuestran para quitarle sus órganos, si no lo obligan a prostituirse.

Tendrá suerte si la policía no lo mata en alguna circunstancia confusa.

De seguir con vida, queda el mayor peligro de todos, el paco. Si el paco lo alcanza, este niño ya tiene fecha de vencimiento.

Padecerá un deterioro cerebral que lo matará en medio año, más o menos.

El paco no es un duende malo que sale a la siesta.

Es un producto de laboratorio que le vendemos a ese niño los adultos.

A los 14 años, nuestro niño ya sabe que matar o robar son cosas penadas por la ley.

Lo sabe muy bien porque no habla de otra cosa.

En realidad, su vida se limita al trato con delincuentes, o policías, porque tal vez ya está viviendo en la calle.

Su madre ha tenido seis hijos más de diferentes padres y aspira a llegar a siete, para cobrar alguna pensión miserable, o ser beneficiaria de algún plan. Ya no hay lugar para él.

Nuestro niño duerme bajo un puente de la avenida Juan B. Justo, con otros vagabundos precoces. Mendiga, o roba para comer, pero quiere ir por más.

Ahora conoce las comisarías, porque a veces lo detienen, y ya entiende los códigos de la calle.

Un día consigue una pistola 9 milímetros . Es bastante improbable que la haya comprado él. Lo más posible es que se la haya dado un adulto. ¿Se la dá porque sí, por hacerle un favor?

El día que el niño usa el arma y mata a un adulto -sea porque lo mandaron a hacerlo, o porque está drogado, hambriento o enloquecido- todos los adultos ponemos el grito en el cielo, como si fuera una calamidad imprevista, como si una fiera anduviera suelta en la ciudad y hubiera que cazarla como sea.

Eso, señores, se llama hipocresía.

Por más cara de inocentes que podamos poner, sabemos perfectamente que no hay arreglo posible para esta situación si no se destinan fondos en la prevención de la delincuencia precoz, lo que equivale a decir afecto, alimentos, abrigo y educación para todos por igual.

Para todos por igual.

Bueno, los niños ricos siempre tendrán más de todo eso, pero debe haber un promedio aceptable para todos los demás.

Si para conseguir que todos nuestros niños tengan acceso a los bienes y servicios esenciales, tuviéramos que invertir hasta el último peso, y poner a trabajar hasta el último agente capacitado para monitorear la gigantesca operación nacional que hace falta para ello: señores, hay que hacerlo.

Todo lo demás son buenas intenciones.

El infierno está empedrado con buenas intenciones.

Y con un Estado ausente, abandónico, indiferente y en algunos casos torturador, vamos rumbo a vivir en un infierno.

¿Es este proyecto que hoy tratamos el primer paso en la dirección correcta?

¿Cuándo se juzgue a un niño en juicio oral y público se hablará de todas estas cosas que hemos dicho recién?

Y sobre todo: si el niño paga su delito como si fuera adulto, ¿los adultos le pagaremos la inmensa deuda social que hemos contraído con él, y con miles de otros niños como él, rehabilitándolo para una vida digna?

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