ARGENTINA:
EL ASESINATO DE MARIANO FERREYRA Y SU SIGNIFICADO POLÍTICO
El
20 de octubre del corriente año, Mariano Ferreyra era
una nueva víctima de las patotas y la impericia policial
y estatal.
Con respecto a esta realidad, al cumplirse dos meses de su asesinato,
reproducimos el trabajo del colega Carlos Abel Suárez
del 24 de octubre del corriente año.
Producción
de Latitud Periódico
20
de diciembre del 2010
Una
marcha de unas 60.000 personas repudió el jueves pasado
en las calles de Buenos Aires el asesinato de Mariano Ferreyra,
un joven militante sindicalista de 23 años. Otros miles
se manifestaron en las principales ciudades de Argentina.
Mariano
ingresó el miércoles 20 de octubre en esa larga
lista de víctimas del terror estatal o paraestatal que
durante más de un siglo –con distintos grados de
intensidad y frecuencia– ha pretendido silenciar la protesta
social, el grito de los trabajadores democráticamente
autoorganizados y de los oprimidos. Elsa Rodríguez, una
luchadora social y política de 60 años, se halla
también entre la vida y la muerte, con una bala alojada
en el cerebro, consecuencia del mismo ataque criminal que segó
la vida de Mariano Ferreyra.
Desde
el gobierno y desde la oposición, desde todos los grandes
medios de comunicación –los proguberbamentales,
lo mismo que los antigubernamentales–, y superando milagrosamente
diferencias coyunturales, parecieron ponerse de acuerdo a la
hora de unificar el mensaje: Ferreyra había muerto como
consecuencia de un enfrentamiento entre "bandas sindicales".
O sea, reaparece la tesis de los dos demonios. Idéntico
mensaje se quiso pasar cuando, no muy lejos geográficamente
de dónde esta vez ocurrieron los hechos –en el
Puente Pueyrredón, el 26 de junio de 2002—, la
policía acribilló a los jóvenes Maximiliano
Kosteky y Darío Santillán. Precisamente: la participación
en aquella movilización del puente Pueyredón y
el impacto que le provocaron aquellas cobardes ejecuciones marcaron
los primeros pasos de Mariano en la lucha social y política,
según cuentan quienes lo conocieron.
El
discurso oficial, lo mismo que el de la oposición establecida,
fue entonces como el de ahora: "bandas enfrentadas".
Y ahora como entonces, no ha tardado en desbaratarse el premeditado
ideologema de los dos demonios en que tienden a confluir los
mensajes del poder del gobierno y los del poder de la oposición
establecida. Pues la cosa está clara como el agua: de
un lado están quienes protestan y se enfrentan a las
injusticias establecidas, que son muchos; del otro, los establecidos,
que no son muchos ni están muy bien avenidos, pero que,
a lo que se ve, no han perdido el instinto de unirse cuando
de lo que se trata es de acallar el griterío de las victimas
y defender como sea el "orden". Un "orden"
manifiestamente propicio a los victimarios.
¿Cómo
fueron los hechos?
Existe un inveterado conflicto en la línea del ex Ferrocarril
Roca con los trabajadores llamados "tercerizados".
Muchos, por reclamar el fin de contratos infames, han sido despedidos;
otros persisten en pedir su incorporación al trabajo
formal.
No
era la primera vez que los "tercerizados" se disponían
a tomar medidas o a emprender acciones para hacer visibles sus
elementales exigencias laborales, a manifestarse en las estaciones
o atravesarse con piquetes en las vías. En esta ocasión,
cuando intentaban una nueva protesta, fueron rechazados por
un grupo de choque de la burocracia de la Unión Ferroviaria,
una casta corrupta adueñada del sindicato con el beneplácito
y aun el sostén de todos los ministros de Trabajo desde
hace décadas. Tanto la policía de la provincia
de Buenos Aires, como la Federal –con competencia en las
instalaciones ferroviarias— fueron impávidos testigos
de los acontecimientos. Cuando los tercerizados se replegaban
ante la embestida de la "patota", aparecen, según
varios testimonios, dos tiradores que, no sin pericia, abren
fuego a discreción sobre los manifestantes desarmados.
Tres de ellos son alcanzados por los disparos: Mariano, en la
región hepática, Elsa Rodríguez, en la
cabeza, y otros dos, en las piernas.
La
burocracia sindical y el Estado
La muerte de Mariano, un muchacho particularmente querido por
quienes lo conocían, un militante empeñado en
entender y cambiar a mejor el mundo, un aplicado estudiante
de historia con formación de obrero metalúrgico
– ahora desocupado – y miembro del Partido Obrero
(de orientación trotskista), vuelve a colocar en el centro
del debate público argentino un viejo y decisivo problema
político de nuestro país.
La
cristalización de excrecencias burocráticas en
la vida sindical o política no es un fenómeno
ni nuevo ni endémico de la Argentina. Pero el desarrollo
de la burocracia sindical argentina presenta unas particularidades
muy llamativas, que tampoco cabe asociar necesaria ni, menos
aún, exclusivamente al peronismo de Perón.
Fue
el dictador Juan Carlos Onganía quien, a mediados de
los 60. provocó la primera distorsión con la Ley
de Asociaciones Profesionales, una disposición legal
nacida del acuerdo con un sector de los viejos dirigentes para
frenar el ascenso de una nueva generación obrera combativa.
Esta norma preparó el caldo de cultivo para el nacimiento
de un nuevo tipo de burócrata sindical, desconocido hasta
entonces: el burócrata sindical convertido en empresario.
La legislación y el modelo de ella dimanante persisten
hasta el día de hoy. Por la vía así abierta
en los años 60, ocurrió en los 70 que varios dirigentes
sindicales se transformaron en delatores; primero, al servicio
del terrorismo de la ultraderechista Triple A; luego, a las
órdenes de los grupos de tarea de la dictadura militar.
Cuando tuvieron que ir a declarar en el juicio democrático
contra las Juntas militares, ya no recordaban nada. Ahora sólo
quedan en actividad algunos que en aquellos días eran
pichones implumes y de vuelo corto. ¿Cómo reprocharle
al Papa su juvenil paso por las juventudes hitlerianas, o su
posible fascinación intelectual de entonces con el nazi
Heidegger o con el nazi Carl Schmitt, que ahora, encima, y vaya
usted a saber porqué, fascinan a cierta confusionaria
izquierda académica más amiga de la inane vanidad
mediática o del rentable enredo cortesano que de la lucha
abierta en la calle o del trabajo honrado y discreto en la biblioteca
o en el laboratorio?
Pero alguna memoria hay que tener. Y es lo cierto que se dio
un cambio cualitativo en varios dirigentes gremiales durante
el gobierno de Carlos Menem. Todavía existía entonces
una estructura clásica que, quieras qu eno, se atravesaba
en el camino del proceso de desguace del Estado, de las contrarreformas
neoliberales, de las privatizaciones y las desregulaciones.
No era suficiente contar con las oprobiosas leyes de la Reforma
del Estado y de la Emergencia Económica, esas leyes que
la mayoría de peronistas y radicales aceptaron sin decir
ni mu, con la honrosa excepción de un pequeño
grupo de resistentes. Pese a que la hiperinflación había
hundido en la miseria a los más pobres, subsistían
todavía fuerzas dispuestas a oponerse al shock neoliberal.
Para erradicarlas, la llave maestra fue transformar a los jefes
de los principales dirigentes de los sindicatos en socios del
desguace, en cómplices activos de las privatizaciones
y en beneficiarios directos de las desregulaciones. Era un negocio
en el que había para repartir. Y esa fue la táctica
descubierta por el ingenmio truhanesco de Menem, quien contó,
para llevarla a cabo, con varios "expertos" en diseño
de institucional amalgamador de bribones: Domingo Cavallo, Caro
Figueroa, Horacio Liendo, entre otros.
Los
burócratas sindicales, hasta aquel momento corrompidos,
si así puede decirse, por pasiva, pasaron entonces, por
activa, a ser emprendedores dueños de supuestas cooperativas
o Pymes, cuyo "negocio" consistía en "tercerizar"
las tareas y recontratar a precio vil a los mismos trabajadores
que, relativamente bien pagados y mejor formados, habían
sido despedidos de las empresas públicas privatizadas
o concesionadas. También había algunos dólares
de esta fiesta para el sector privado: joint-ventures con bancos
y financieras, nacionales y trasnacionales, negocietes con la
previsión social, con las ART (Aseguradores de Riesgo
de Trabajo) y emprendimientos tan variados como daba a entender
la rebosante imaginación de unos novoempresarios penetrados
de la ambiciosa avidez de una época sin escrúpulos.
Empresas
y empresitas de tal espurio origen pueden reconocerse hoy en
los ferrocarriles, en el transporte en general, en lo que quedó
de YPF, en Yacimientos Carboníferos, en la flota Petrolera
del Estado –que pasó enterita a la burocracia novoempresarial—,
en el sector telefónico (en todas y cada una de las provincias)…
En fin, la lista es muy larga; pero todos y cada uno de los
trabajadores de esas empresas saben quiénes son los dueños
y cómo llegaron a serlo…
Y
si entre tantos casos criminales hubiera que elegir una perlita,
hay que decir que en los ferrocarriles se encuentra una verdadera
joya. José Pedraza es uno de los socios concesionarios
del Belgrano Cargas, una empresa que ayudó a destruir,
labor por la que sigue recibiendo jugosos subsidios: desde los
tiempos de Menem, y sin interrupción alguna. Otro de
sus socios en el control de la Unión Ferroviaria es el
actual subsecretario de Transportes de la Nación. Pedraza
fue también procesado por ilícitos de una empresa
en la que había puesto como titular a su mujer. Y en
ese caso, como en otros, fue defendido por un gabinete jurídico
del que es socio el actual procurador de la Nación, Esteban
Righi, jefe, a su vez, de todos los fiscales. Casi una costumbre
la del hoy funcionario kirchnerista: hace un tiempo fue el defensor
del los burócratas del Smata, acusados de haber promovido
en la época de Isabel Martínez de Perón
–y en connivencia con la patronal— la desaparición
forzada de los trabajadores que formaban parte de la Comisión
Interna de Mercedes Benz. Para seguir la historia de José
Pedraza y sus amigos resulta muy recomendable la lectura de
El Ferrocidio, el excelente libro de Juan Carlos Cena, o ver
La última estación, el imponente documental de
Fernando "Pino" Solanas.
La
criminalidad de estos burócratas sindicales trocados
en empresarios ha traspasado en la Argentina límites
que ni siquiera habrían podido soñar algunos de
los mayores mafiosos de la historia universal. Un solo ejemplo
(mero ejemplo): la causa que se sigue por falsificación
de medicamentos y por la que está preso el legendario
dirigente de los bancarios José Zanola. Su especialidad
era adulterar los fármacos oncológicos, particularmente
los de mayor valor en el mercado, que se distribuían
entre las obras sociales sindicales. Tal vez se intente argumentar
en su defensa –y en la de sus colegas de asociación
ilícita– que sus fines en última instancia
han sido humanitarios, una suerte de propiciador de la eutanasia
para el caso de los enfermos de cáncer terminal. En este
juicio también tendrá algo que decir Pedraza.
Entre todos estos burócratas empresarios y sus protectores
se halla el autor intelectual del asesinato de Mariano Ferreyra.
El
mundo de la tercerización
Pero hay otro asunto que esta muerte pone también sobre
el tapete. Argentina, tras un crecimiento económico espectacular
en los últimos años, padece una calamitosa situación
social y laboral. Es decir, sigue en pie, con algunos retoques
más o menos cosméticos, la teoría neoliberal
del derrame. Largos años de dictadura y ajuste neoliberal
trajeron consigo la generalización del empleo precario,
la pobreza abundante y la fragmentación extrema del mercado
laboral. (Véase al respecto la excelente entrevista con
Susana Torrado reproducida en la entrega anterior de SinPermiso.)
Algo se recuperó en relación con el momento de
mayor depresión del año 2001, aunque resulta difícil
de cuantificar por la manipulación de las estadísticas
del INDEC en 2007. De todas maneras, se admite que en varios
sectores se habría recuperado el nivel de 1968, anterior
a la larga crisis nacional. Pero aún admitiendo los datos
oficiales, se constata que sólo un cuarto de los jóvenes
menores de 30 años tiene un empleo en blanco. Y en el
caso del empleo en negro e informal, que es el caso de quienes
trabajan en las empresas tercerizadas, paradójicamente
reciben un tercio del salario de quienes están en blanco,
es decir en el trabajo formal. Ese es el origen del reclamo
y de la lucha de los obreros "tercerizados" de la
ex línea Roca, una causa justa –eminente y hasta
elementalmente justa— por la que murió Mariano
Ferreyra.
La
tesis de las bandas o los dos demonios
La tesis, farisaica hasta la indenecia, de las bandas extremistas
pugnazmente enfrentadas fue siempre el primer reflejo del gobierno,
de este gobierno y de todos los gobiernos anteriores. Es también
el primer titular que acomoda a los medios; pero en este caso,
como en otros, se estrella enseguida con hechos tan palmarios
como sencillos. Y el esbozo de "argumento" , apenas
incoado, queda pulverizado y aventado en el acto, sin siquiera
necesidad de soplar: una de estas pretendidas "bandas"
pone las balas; la otra se limita a poner los muertos y los
regueros de sangre.
Tampoco
se tiene el guión prestablecido de la supuesta neutralidad
de la policía o de las fuerzas de seguridad. La policía
no tiene credibilidad ninguna para investigar estos casos. Ni
siquiera cuando muere un chico atacado por un "patovica"
en la puerta de una discoteca. No es imposible que, en algún
momento, los testigos superen el temor y se resuelvan a decir
lo que saben ante fiscales y jueces probos. Mientras tanto,
el crimen de Mariano Ferreyra quedará impune, mas allá
del "perejil" que encuentren esta vez para cargarle
el muerto.
Carlos Abel Suárez es miembro del Comité de Redacción
de SinPermiso – 24 de octubre del 2010.
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