"Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.."

Albert Einstein

 

Actualizado: 4 Octubre, 2016 12:45

 

 


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RITA LEVI MONTALCINI

Producción de Haydeé Dessal especial para Latitud Periódico

7 de enero del 2012

El 30 de diciembre del 2012 falleció a los 103 años.

Obtuvo la licenciatura en Medicina doctorándose en Neurocirugía. Al término de la 2da. Guerra Mundial emigró a USA donde trabajó en el laboratorio Viktor Hamburger, del Instituto de Zoología de la Universidad de Washington (en Saint Louis).

Levi Montalcini era hija de un ingeniero y matemático, y de una pintora, ambos judíos, tenía 1 hermano y 2 hermanas (una de ella, Paola, gemela suya).

En 1936 se doctoró en Medicina por la Universidad de Turín, con una tesis dirigida por el histólogo Giuseppe Levi. Desde entonces, y hasta 1939, trabajó en la universidad turinesa.

Al comenzar la 2da. Guerra Mundial, y a causa de las amenazas de persecuciones antisemitas, se trasladó a Bruselas, Bélgica, donde colaboró en el Instituto Neurológico durante 1 año.

En 1940, y tras la entrada de las tropas de Adolfo Hitler en Bélgica, regresó de nuevo a Italia y organizó en su casa un pequeño laboratorio de neuroembriologia experimental.

Durante la guerra vivió clandestinamente en Florencia. Cuando ocurrió la invasión estadounidense, ella ejerció como médico de las tropas.

Una vez finalizada la contienda, se reincorporó a la Universidad de Turín como ayudante del profesor Giuseppe Levi.

En 1947 recibió una invitación del profesor Viktor Hamburguer, para ir a la Washington University, de Saint. Louis, Missouri, donde ejerció pr 30 años la investigación y la docencia en la cátedra de Neurobiología.

El Nobel y después

Entre 1954 y 1960, Rita trabajó junto al joven bioquímico estadounidense Stanley Cohen en la identificación del factor de crecimiento.

En 1961 constituyó en Roma un Centro de Investigación sobre el NGF (nerve growth factor, factor de crecimiento nervioso), subvencionado, en un principio, por el National Institute of Health, de USA, y después por el Consiglio Nazionale delle Ricerche italiano.

En 1969, y tomando como núcleo básico el Centro de Investigación sobre el NGF, nació el Instituto de Biología Celular, cuya dirección fue confiada a la doctora Levi-Montalcini. Desde entonces y hasta 1977, dividió su tiempo entre Saint Louis y Roma.

En 1977 regresó a Italia y fijó su residencia en Roma.

En 1978 ella dejó la dirección del Instituto de Biología Celular. Entonces, en Italia no le ofrecieron ninguna cátedra, e incluso su salario no le daba derecho a pensión...

En 1986, la Academia de las Ciencias sueca les otorgó, a ella y a Stanley Cohen, el premio Nobel de Medicina, como reconocimiento a sus investigaciones sobre el crecimiento de las células neurológicas.

Acostumbrada a la soledad, la concesión de este prestigioso galardón le causó una gran depresión, ya que dijo: "No conseguía soportar aquel clamor".

En julio de 1993 ella fue designada, por el entonces secretario general de la ONU, Butros Gali, miembro de la Junta Consultiva de alto nivel para el Desarrollo, organismo encargado de analizar cuestiones relacionadas con el medio ambiente y el desarrollo.

En febrero de 1994, el ex director general de Farmacia, Duilio Poggiolini, acusado de corrupción, hizo unas declaraciones en las que afirmaba que el Nobel de Levi Montalcini había sido comprado por la multinacional farmacéutica Fidia, para la que ella trabajaba.

Enorme indignación provocó esa denuncia, y solidaridad con Rita.

Levi Montalcini era miembro del Comité Nacional Italiano de Bioética, que en junio de 1994 presentó un documento en el que rechazaban a las "abuelas-madres" la fecundación asistida para homosexuales o mujeres solas y los úteros "de alquiler". También rechazó, a título personal, la clonación humana en 1997.

En octubre de 1999 fue nombrada Embajadora Plenipotenciaria de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación).

En diciembre de 1999, ella reabrió, junto al periodista Indro Montanelli, el debate sobre la eutanasia en Italia, al declarar públicamente su deseo de encontrar un médico, que llegado el momento, les ayudara a morir.

El 1 de agosto de 2001 fue nombrada senadora vitalicia por el entonces presidente de la República italiana, Carlo Azeglio Ciampi.

Levi dedicaba también parte de su tiempo a la Fundación Rita Levi Montalcini Onlus, creada junto a su hermana en 1992, y cuyo principal objetivo es mejorar el nivel educativo de las mujeres africanas.

En enero de 2008 fue una de las senadoras vitalicias que votó a favor del primer ministro italiano Mario Prodi en una moción de confianza del Parlamento de que la que salió victorioso.

Ese mismo año, celebró su 99 cumpleaños trabajando en su laboratorio del Instituto Europeo de Investigación del Cerebro (Ebri). Aseguró que además de ir habitualmente a las sesiones del Senado, escribía libros y participaba en conferencias.

El 22 de abril de 2012 celebró su 103 cumpleaños y recibió los "afectuosos saludos" del presidente de la República, el octogenario Giorgio Napolitano.

ENTREVISTA REALIZADA POR MIGUEL MORA PARA EL PAÍS DE ESPAÑA

En abril de 2009, Rita fue entrevistada por Miguel Mora para el diario madrileño El País. Algunos fragmentos de aquel reportaje:

"(...) La científica italiana, premio Nobel de Medicina, soltera y feminista perpetua -"yo soy mi propio marido", dijo siempre- y senadora vitalicia produce todavía más fascinación cuando se la conoce de cerca. Apenas oye y ve con dificultad, pero no para: investiga, da conferencias, ayuda a los menos favorecidos, y conversa y recuerda con lucidez asombrosa.

Sobrada de carácter, deja ver su coquetería en las preciosas joyas que luce, un brazalete que hizo ella misma para su gemela Paola, el anillo de pedida de su madre, un espléndido broche también diseñado por ella. Desde sus ojos verdes vivísimos, Levi-Montalcini escruta a un reducido grupo de periodistas en la sede de su fundación romana, donde cada tarde impulsa programas de educación para las mujeres africanas.

"Decidí no casarme cuando era adolescente. Nunca habría obedecido a un hombre, como mi madre a mi padre"
Por las mañanas visita el European Brain Research Institute, el instituto que creó en Roma, y supervisa los experimentos de "un grupo de estupendas científicas jóvenes, todas mujeres", que siguen aprendiendo cosas sobre la molécula proteica llamada Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), que ella descubrió en 1951 y que juega un papel esencial en la multiplicación de las células, y sobre el cerebro, su gran especialidad. "Son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental", dice.

Con ella está, desde hace 40 años, su mano derecha, Giuseppina Tripodi, con quien acaba de publicar un libro de memorias, La clepsidra de una vida, síntesis de su apasionante historia: su nacimiento en Turín dentro de una familia de origen sefardí, la decisión precoz de estudiar y no casarse para no repetir el modelo de su madre, sometida al "dominio victoriano" del padre; el fascismo y las leyes raciales de Mussolini que le obligaron a huir a Bélgica y a dejar la universidad; sus años de trabajo como zoóloga en Misuri (Estados Unidos), el premio en Estocolmo -"ese asunto que me hizo feliz pero famosa"-, sus lecturas y sus amigos (Kafka, Calvino, el íntimo Primo Levi), hasta llegar al presente.

Sigue viviendo a fondo, come una sola vez al día y duerme tres horas. Su actitud científica y vital sigue siendo de izquierdas. Pura cuestión de raciocinio, explica, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. "Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente".

Laica y rigurosa, apoya sin rodeos el testamento biológico y la eutanasia. Y no teme a la muerte. "Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice. Sólo acabará con mi cuerpo". Para su centenario, la profesora no quiere regalos, fiestas ni honores. Ese día dará una conferencia sobre el cerebro.

-¿Cómo es la vida a los 100 años?

-Estupenda. Sólo oigo con audífono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando. Mejor que nunca. Acumulas experiencias y aprendes a descartar lo que no sirve.

-¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?

-No. Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría. Nunca habría obedecido a un hombre como mi madre obedecía a mi padre.

-¿Recuerda el momento en que decidió estudiar? ¿Qué dijo su padre?

-Era el periodo victoriano. Mi padre era una persona de gran valor intelectual y moral, pero un victoriano. Desde niña estaba contra eso, porque veía a mi padre dominar todo, y decidí que no quería estar en un segundo plano como mi madre, a la que adoraba. Ella no mandaba. Dije a mi padre que no quería ser ni madre ni esposa, que quería ser científica y dedicarme a los otros, utilizar las poquísimas capacidades que tenía para ayudar a los que necesitaban. Que quería ser médica y ayudar a los que sufrían. Él me dijo: "No lo apruebo pero no puedo impedírtelo".

-¿Qué momentos de su vida han sido más emocionantes?

-El descubrimiento que hice, que hoy es más importante que entonces. Cuando cada experimento confirmaba mi hipótesis, que iba completamente contra los dogmas de ese tiempo, viví momentos emocionantes. Quizás el más emocionante. Por el resto, el reconocimiento de Estocolmo me dio mucho placer, claro, pero fue menos emocionante.

-Su tesis demostró que, de los dos hemisferios del cerebro, uno está menos desarrollado que el otro.

-Sí, el cerebro límbico, el hemisferio derecho, no ha tenido un desarrollo somático ni funcional. Y, desgraciadamente, todavía hoy predomina sobre el otro. Todo lo que pasa en las grandes tragedias se debe al hecho de que este cerebro arcaico domina al de la verdadera razón. Por eso debemos estar alerta. Hoy puede ser el fin de la humanidad. En todas las grandes tragedias se camufla la inteligencia y el razonamiento con ese instinto de bajo nivel. Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge en el origen de la vida de los vertebrados, pero que no tiene que ver con el razonamiento. El peligro es que aquello que salvó al australopithecus cuando bajó del árbol siga predominando.

-En cien años usted ha conocido esos totalitarismos. ¿Cómo se puede evitar que vuelvan?

-Hay que comenzar en la infancia, con la educación. El comportamiento humano no es genético sino epigenético, el niño de dos o tres años asume el ambiente en el que vive, y también el odio por el diferente y todas esas cosas atroces que han pasado y que pasan todavía.

-¿Qué aprendió de sus padres? ¿Qué valores le transmitieron?

-Lo más importante era comportarse de una manera razonable, saber lo que vale de verdad. Tener un comportamiento riguroso y bueno, pero sin la idea del premio o el castigo. No existía la idea del cielo y el infierno. Éramos religiosos, pero la actitud ante la vida no tenía que ver con la religión. Existía el sentido del deber, pero sin compensación post mortem. Debíamos comportarnos bien, eso era una obligación. Entonces no se hablaba de genética, pero era ese espíritu. Sin premio ni miedo.

-Su origen es sefardí. ¿Hablaban español en casa?

-No, nunca tuvimos mucha relación con esa lengua. Sabíamos que veníamos de la parte sefardí y no de la askenazi, pero no se hablaba de ello, no nos importaba mucho ser de una u otra. Spinoza me hacía feliz, era un gran referente cultural, y todo lo que sabíamos procedía de los grandes pensadores hebreos, pero no había un sentido de orgullo, de ser mejores, nunca pensamos así.

-¿Basta un siglo para comprender a Italia?

-Es un país maravilloso, por el clima, por la historia del Renacimiento, y por sus enormes contribuciones, su historia formidable de capacidad y descubrimientos. Me sentí siempre judía e italiana, las dos cosas al 100%. No veía dificultad en eso.

-¿Cómo ve a Italia hoy?

-Tiene un fortísimo capital humano, capacidad innovadora y de convivencia, orgullo del pasado, y no se siente demasiado afectada por las cosas negativas, como la mafia. Siempre sentí que era un país del que era una suerte formar parte y haber nacido. Ser italianos era parte de nosotros, nadie nos preguntaba si éramos italianos o no. También era una suerte ser judía. No conocí la Biblia, no tuve una educación religiosa, y me reflejaba en el capital artístico y moral italiano y judío. No pertenecí a una pequeña minoría perseguida, sabía que eso ocurría, pero no me sentía parte de ello. Desde niña me sentía igual que los demás. Cuando me preguntaban "¿cuál es tu religión?", contestaba: "Yo, librepensadora", y nadie sabía qué era eso. Y tu padre qué es: ingeniero.

-¿Cómo vivió el fascismo?

-No siento rencor personal. Sin las leyes raciales, que determinaron que los judíos éramos una raza inferior, no hubiera tenido que recluirme en mi habitación para trabajar, en Turín y luego en Asti. Pero nunca me sentí inferior.

-¿Así que no sintió miedo?

-Miedo, no; desprecio y odio sí, netamente por Mussolini. A mi profesor Giuseppe Levi lo seguí paso a paso y era feliz por lo que él valientemente osaba hacer y decir. Nunca sentí la persecución porque mis compañeros de universidad católicos me consideraban igual. Y no tuve sensación de peligro. Cuando empezaron las persecuciones, eran tan inmundas las cosas que se decían que no me daba por aludida. Estaba ya licenciada en 1936, había estudiado con Renato Dulbecco, católico, y Salvatore Luria, judío, y no tenía sensación de ser distinta.

-¿Cree que hay peligro de que vuelva el fascismo?

-Sí, en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio y anima a los jóvenes a razonar como si fueran parte de una raza superior.

-¿Ha seguido la polémica sobre el Papa, los preservativos y el sida?

-No comparto lo que él ha dicho.

-¿Y qué piensa del poder que tiene la Iglesia? ¿Es demasiado?

-Sí. Fui la primera mujer admitida en la Academia Pontificia y tuve una buena relación con Pablo VI y con Wojtyla, también con Ratzinger, aunque menos profunda que con Pablo VI, al que estimaba mucho. No la tuve en cambio con aquel considerado el Papa Bueno, Roncalli (Juan XXIII), que para mí no era bueno, porque era muy amigo de Mussolini y cuando comenzaron las leyes antifascistas dijo que había hecho un gran bien a Italia.

-¿Ha cambiado mucho su pensamiento a lo largo de la vida?

-Poco, poco. Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio. Lo pienso todavía.

-¿Le importó alguna vez la gloria?

-Para mí, la medicina era la forma de ayudar a los que no tenían la suerte de vivir en una familia de alto nivel cultural como la mía. Esa línea recta no ha cambiado. La actividad científica y la social son la misma cosa. La ayuda a las mujeres africanas y la medicina son lo mismo.

-¿El cerebro sigue siendo un misterio?

-No. Ahora es mucho menos misterioso. El desarrollo de la ciencia es formidable, sabemos cómo funciona desde el lado científico y tecnológico. Su estudio ya no es un privilegio de los expertos en anatomía, fisiología o comportamiento. Los anatomistas no han hecho gran cosa, quitando algunos. Ahora ya no hay barreras. Físicos, matemáticos, informáticos, bioquímicos y biomoleculares, todos aportan cosas nuevas. Y eso abre posibilidades a nuevos descubrimientos cada día. Yo misma, a los 100 años, sigo haciendo descubrimientos que creo importantes sobre el funcionamiento del factor que descubrí hace más de 50 años.

-¿Hará fiesta de cumpleaños?

-No, me gustaría ser olvidada, ésa es mi esperanza. No hay culpa ni mérito en cumplir 100 años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro no. Tengo una capacidad mental quizá superior a la de los 20 años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir...

-Díganos el secreto.

-La única forma es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros sino a nuestro cuerpo, y los mensajes que uno deja persisten. Cuando muera, solo morirá mi pequeñísimo cuerpo.

-¿Está preparada?

-No hace falta. Morir es lógico.

-¿Cuánto desearía vivir?

-El tiempo que funcione el cerebro. Cuando por factores químicos pierda la capacidad de pensar, dejaré dicho en mi testamento biológico que quiero ser ayudada a dejar mi vida con dignidad. Puede pasar mañana o pasado mañana. Eso no es importante. Lo importante es vivir con serenidad, y pensar siempre con el hemisferio izquierdo, no con el derecho. Porque ése lleva a la Shoah, a la tragedia y a la miseria. Y puede suponer la extinción de la especie humana.
Es autora del ensayo "El as en la manga" y de la autobiografía "Elogio de la imperfección". Estaba soltera.